Hambre (1890)

Literatura y otros demonios

HAMBRE (1890)

Portada de Hambre (1890)

La presente reseña de Hambre (1890) de Knut Hamsun, la he disfrutado de una manera especial. Siempre es placentero reseñar una novela, es algo así como regurgitar la esencia de un manjar intelectual y poder ofrecerlo a quien se quiera asomar a ella en un formato único. Un formato que permite concentrar en unos centenares de palabras, en pocos casos miles, el producto destilado del placer de leer. Un placer, en este caso, incrementado en buena medida  por el descubrimiento de un autor del que apenas había oído hablar y por la interesante  historia que acompañó al mismo en sus últimos años y que cambió para siempre el signo de su paso a la posteridad. 

¿Escritor maldito?

¿Es Knut Hamsun un escritor maldito? Puede ser. Todo el amor y admiración que hacia él sentía el pueblo noruego, se tornó odio y desprecio tras la invasión nazi de Noruega en 1940, fervientemente apoyada por él. Un dato que, cuando conocí de su existencia y de su obra, he de reconocer, no me importunó demasiado. Siempre he defendido la diferenciación entre el hombre y el artista, en cualquier disciplina. A fin de cuentas, de un escritor me interesa lo que escribe y cómo lo escribe, no lo que opina. A medida que comencé a  profundizar un poco más en su vida y obra, la tentación de atribuir a la demencia senil sus opiniones, no en vano tenía ochenta años en 1940, fue grande, lo confieso. Tan grande como fantasiosa. Rascando un poco en su biografía, puede uno encontrar referencias a sus opiniones sobre la raza negra, tras una estancia de algunos años en Estados Unidos en la década de los años ochenta. No voy a entrar en detalles, el lector interesado seguro que las encontrará sin problemas. 

Volviendo a lo que nos interesa, que no es otra cosa que la literatura y su novela Hambre (1890), lo primero que quiero reseñar es que constituyó su primer gran éxito y la plataforma que le auparía hasta el olimpo literario de la época. Reconocidos autores manifestaron pública y fervientemente su admiración hacia Hamsun. Desde su publicación su bagaje literario no hizo más que crecer, alcanzando el zénit de su carrera con La bendición de la tierra (1917) gracias a la cual le sería concedido el Premio Nobel de literatura en 1920. El punto y final de su obra llegaría con Por las sendas  donde la hierba crece (1949). Hambre (1890) supone una ruptura con las corrientes predominantes en la Europa de la época, como el naturalismo y el realismo costumbrista, abriendo una ventana por la que se colará el aire fresco que inspirará a autores como Kafka o Herman Hess. 

Una ciudad, dos realidades
Edificios de clase trabajadora en Vaterland en Christiania (1880)
Una ciudad, dos realidades
Céntrica calle de Christiania en la misma época

Entrando en materia

Imagen de Knut Hamsun
Knut Hamsun

La presente reseña es producto de la lectura de Hambre (1890), en su edición española por parte de la editorial Ediciones de la torre. Una edición cuidada en todos los aspectos, tanto técnicos como materiales. Otra grata sorpresa. La traducción, directamente del noruego, es obra de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Lo primero que quiero dejar claro de la novela es su carácter innovador. Como he apuntado más arriba, Hambre (1890) viene a inaugurar una nueva literatura con mayúsculas. Una literatura que llegó en lo que podríamos considerar la periferia literaria de Europa y lo hizo para quedarse. La novela recrea con la sencillez de lo cotidiano, la complejidad extrema del alma humana. Todo parece tan de andar por casa, que en ocasiones resulta difícil reconocer la profundidad del pozo ante el que se asoma una y otra vez el protagonista. Ofrece al lector algo muy difícil, en mi opinión, de lograr. Es la sensación de entender, casi siempre sin esfuerzo, al protagonista. Esto es así incluso en las situaciones en las que objetivamente no debería serlo. Tal es el dominio técnico que ejerce Hamsun, que logra  hacernos creer en su protagonista casi como si de nosotros mismos se tratara, utilizando para ello recursos tan novedosos e inusuales en la época, que resulta imposible hallar referentes previos en la literatura europea. 

«La locura se apodera rabiosa de mi cerebro y yo se lo permito, soy muy consciente de que estoy sometido a influencias sobre las que no tengo ningún control. Hambre (1890)»

 

El título en sí mismo constituye toda una declaración de intenciones. No en vano Sigmund Freud, coetáneo del autor, manifestaba que el ser humano siempre se encontraba a cinco comidas de la barbarie. Con el hambre, necesidad básica de primer orden, como hilo conductor de la novela, Hamsun nos presenta a un protagonista sin nombre, sin edad y sin origen conocido. Solo frente a una ciudad hostil, como todas cuando el dinero brilla por su ausencia, llamada Christiania. En su empeño por ser escritor, así se denomina a sí mismo, la única constante en su devenir novelesco, es el hambre. Por contra su estado de ánimo, más que cambiante, podría denominarse volátil, pasando en un instante de un estado a otro sin transición alguna. En ocasiones basta para ello una visión fugaz de cualquier cosa nimia e intrascendente, otras veces  un simple recuerdo, que inopinadamente atraviesa su mente, es suficiente para ello. Se desprecia, se humilla a sí mismo y se ama con todas sus fuerzas. ¿Contradicción? No lo creo. Ser humano en estado puro, sin ropajes que camuflen miserias ni ornamentos que oculten ni la fealdad ni la hermosura. Todo eso, nada más y nada  menos, ofrece Hambre (1890).

¿Por qué leer Hambre (1890) es una buena idea?

Son muchas las razones que justifican su lectura. Como tengo que empezar por alguna, elegiré una que por menos obvia no deja de ser curiosa al tiempo que resulta determinante en la lectura de la novela. Hamsun no puntúa los diálogos en el original y así se ha respetado en la presente edición. Enhorabuena a la editorial. Creo firmemente que mantenerse lo más fieles posible al original, siempre es lo mejor. Si el lector noruego no necesitó de la puntuación, ¿por qué habría de necesitarla el lector español? No tengo nada en contra de la puntuación, por supuesto, de hecho en mis textos puntúo los diálogos, pero creo que es una peculiaridad de la novela que, además, le sienta muy bien.

Otra buena razón para su lectura es descubrir a medida que avanzas en su lectura, cómo leyendo una novela publicada en 1890 es muy fácil identificar patrones, conductas, reflexiones y pensamientos tan actuales como el periódico de hoy. ¿Magia? Arte en mi opinión. El arte de escribir una novela donde solo lo humano es importante. Nada más. La esencia del ser humano es intemporal. Solo cambia el escenario, la cultura, el dinero y demás accesorios que lo acompañan desde el principio de los tiempos. Desprovisto de todo ello, solo queda el ser. Y este siente, ama, odia y anhela lo mismo desde que la especie humana tiene consciencia de sí misma. ¿Qué mejor recurso que el hambre para poner el foco en todo ello?

Si nada de esto convence al futuro lector, todavía me quedan argumentos, digamos, más evidentes a la vista. La novela fluye con naturalidad. No se atasca, no hay descripciones asfixiantes ni giros inesperados. Todo va en la dirección lógica, como un cuento donde la única incógnita es si tendrá final feliz. Los diálogos, a pesar de que al principio se pueda acusar la falta de puntuación, por costumbre más que nada, son naturales, lógicos y de una sencillez extraordinaria, dotando así a la novela de una notable agilidad.

Por último y para no extenderme demasiado, quiero terminar este punto con una aseveración un tanto no sé si presuntuosa o exagerada, pero absolutamente honesta. Si el futuro lector quiere ver reflejada con fidelidad la agitación interior que puede alcanzar un ser humano, no puede dejar de leer Hambre (1890). Como muestra, quiero dejar este pequeño botón extraído del raído traje del protagonista.

“Un carro pasó muy despacio y veo que contiene patatas, pero llevado por la rabia, se me ocurre decir tercamente que no eran patatas, que eran coles, y me pongo a jurar con gran vehemencia que eran coles. Oía muy bien lo que estaba diciendo y juré una y otra vez esa mentira sólo para sentir la divertida satisfacción de cometer un grave perjurio”. Hambre (1890)

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