El desaparecido (América)

Literatura y otros demonios

El desparecido (América)

Franz Kafka autor de El desaparecido

 Tenía que ser así. La reseña inaugural del blog no podía sino rendir homenaje al autor que presta su icónica imagen a este modesto espacio dedicado a las letras y a otros demonios. Precisamente por mi conocida admiración hacia Kafka, he decidido que sea esta novela la que dé el pistoletazo de salida al apartado de reseñas. Una novela que lejos de ser la más celebrada del escritor, ha sido, sino maltratada, sí bastante ninguneada por la crítica. La presente reseña deriva de la lectura de El desaparecido de Franz Kafka, recogido en la edición de sus obras completas por la editorial Aguilar en el año 2004, siendo autor de la traducción Miguel Sáenz.

Franz Kafka

   Franz Kafka nació en 1883 en Praga (Bohemia), capital de la actual República Checa, cuando formaba   parte del Imperio Austro-Húngaro. Nacido en el seno de una acomodada familia de origen judío, se       formó en un ambiente cultural alemán, doctorándose en derecho en 1906 por influencia paterna, a pesar  de su nulo interés por la materia. Desempeñó casi toda su vida laboral en una compañía de  seguros desde 1908, hasta que en 1920 por motivos de salud debió abandonar su trabajo. Un empleo monótono y aburrido pero que le permitió dedicarse a su verdadera pasión, la literatura, al ocuparle solo las mañanas. Escribió toda su obra en lengua alemana. Autor de una vasta producción literaria, donde proliferan los relatos, el género epistolar y los cuentos, tan solo tres novelas forman parte de ella. El proceso, El castillo y por último El desaparecido, publicada en 1927. Falleció en Kierling, Austria, en 1924.

Antecedentes

 

   A pesar de la póstuma publicación de El desaparecido, no me resisto a la tentación de hacer mención a un cierto carácter iniciático en su redacción, por atrevida que parezca tal aseveración. Sirva de respaldo a esta afirmación el hecho de que el primer capítulo de la novela, (El fogonero), se publica de como relato individual en 1913. En dicho relato ya se vislumbran algunos de los aspectos de la literatura de Kafka que acabarían siendo una constante en su obra: el juicio caprichoso, la aceptación del castigo sin culpa y la imposibilidad infinita de llegar a ningún sitio. Su lectura hace brotar por momentos sentimientos de ternura hacia el protagonista, para pocas líneas más adelante llegar a la conclusión de
que todo lo que le pasa se lo merece dada su pusilanimidad.

Una invitación a la lectura

 

La llegada a Nueva York del protagonista, un joven de apenas 15 años, marca el inicio un viaje con un contenido mucho más existencial que geográfico. Enviado por sus padres al cuidado de un tío millonario, tras haber dejado embarazada a una sirvienta, su rocambolesco encuentro supone la primera etapa de un recorrido que irá haciendo del joven Karl alguien cada vez más pequeño, más insignificante y más vulnerable ante gente cada vez menos digna de humillarle. Un tío para quien no es sino una propiedad más, de la que deshacerse en cuanto no le satisface, dos gañanes que le roban la fotografía de sus padres, una jefa de cocina del Hotel Occidental gracias a la cual parece ver algo de luz en su existencia, que pronto se tornará oscuridad de nuevo, el regreso junto a los dos gañanes que le esclavizarán al servicio de la gorda Brunelda y su final incorporación al Teatro de Oklahoma, suponen estaciones de su Vía Crucis particular, en cada una de las cuales, de un modo u otro, se dejará un trozo de su ser, algo de lo que nunca parece ser consciente.

Un juicio nada kafkiano

El gusto del autor por el párrafo largo, dota a la narración, en mi opinión, de una profundidad difícil de alcanzar de otro modo. A pesar de la aparentemente excesiva extensión de alguno de ellos, el lector descubre con agrado cómo el efecto que produce en el propósito de dotar al relato de músculo literario más allá del recurso estilístico, supera con creces el esfuerzo de leerlo. Personajes cuyas cualidades se destilan a través del discurrir de la trama sin dejar nada a la improvisación ni lugar a la duda sobre lo que el autor quiere transmitir sobre cada uno de ellos, y un ritmo narrativo constante, que no plano, junto a diálogos precisos, crean un universo del que es difícil escapar.

   Teniendo en cuenta que se trata de una novela inconclusa, de la que se conservan seis capítulos y algunos fragmentos, no es fácil deducir cual hubiese sido la deriva final de la misma ni el destino definitivo del protagonista. Aunque dada la querencia del autor por la infinita lucha de sus personajes, por sus desvelos nunca satisfechos y objetivos no alcanzados, tal vez sea el no final, la indefinición y lo fragmentario, el mejor final. Dicho todo lo anterior, debo añadir como colofón que en El desaparecido encontramos, como simientes que todavía asoman con timidez ante los primeros rayos de sol, el germen del Kafka total, del autor que marcaría un hito en la literatura europea y mundial. Solo por ello vale la pena dedicar un tiempo a su lectura que, sin duda, será de sobra recompensado. Aunque de cualquier modo, para leer a Kafka siempre sobran los motivos.

 

 

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