Abusos sexuales en la Iglesia católica

Literatura y otros demonios

Tras la orden de iniciar una investigación, emitida por el Papa Francisco y la petición de perdón por parte del emérito, Benedicto XVI, parece que comienza, aunque sea arrastrando perezosamente los pies, un nuevo tiempo. Me gustaría que este fuese el tiempo de la persecución y castigo de los, no me atrevo a aventurar una cifra, casos de abusos sexuales a menores en el seno de la Iglesia Católica. Solo uno debería bastar, cierto es, para movilizar todos los recursos necesarios para la depuración de responsabilidades penales y canónicas. Me temo que no será el caso de lo uno, ni de lo otro.

Hemos asistido durante décadas, con la aquiescencia de la clase política de turno y de la jerarquía eclesiástica de cada momento, a escandalosos ejercicios de malabarismos lingüísticos, eufemismos vergonzosos y vergonzantes, negaciones flagrantes de evidencias, ocultación de pruebas, amenazas a testigos y víctimas y todo tipo de maniobras, con el único objetivo de ocultar la sangrante realidad: las vidas truncadas de las víctimas de abusos sexuales por parte de miembros de la Iglesia Católica. Una institución todopoderosa en España, hasta no hace tanto. ¿Qué teme la Iglesia Católica? Con dos mil años de historia a sus espaldas, no debería temer abrir las ventanas y renovar el viciado aire acumulado tras sus herméticos muros. Por higiene y sobre todo por credibilidad.

         Escuchar los relatos de las víctimas resulta espeluznante. Los de todas y cada una de ellas. ¿Acaso a los jerarcas de la Iglesia Católica no? Los abusos sexuales a los que con total impunidad se vieron sometidos tantos y tantos niños indefensos, tanto por su condición de menores, como en muchos casos de huérfanos o de abandonados a su suerte por sus propios padres, han sido durante muchos años, demasiados años, moneda de uso corriente en instituciones dependientes de la Iglesia Católica. Mientras muchos lo sabían, nadie hacía nada.

Suicidios, trastornos mentales, alteraciones de la conducta sexual, fobia social, depresión, vergüenza por uno mismo y así hasta un sinfín de patologías, unas más visibles que otras, han acompañado desde entonces a víctimas y familiares de las mismas. Han tenido que convivir con ello a consecuencia de los abusos sexuales de quienes debían de velar por su bienestar y por su seguridad, de quienes debían, en la medida de lo posible, suplir sus carencias afectivas y emocionales y hacer sus vidas un poco menos difíciles. El alcance de estos abusos no se ha limitado al ámbito de las instituciones cerradas como centros de acogida, internados, seminarios y orfanatos,  también en centros educativos religiosos se han producido con idéntico proceder por parte de los actores principales. Abusos sexuales, negación en primera instancia, ocultación y humillación de las víctimas, siempre. A todas estas víctimas está dedicado este artículo.

Todos los menores víctimas de abusos sexuales son iguales. Dentro o fuera de las instituciones religiosas. Pero son los perpetrados por los depositarios de la palabra de Dios y encargados de predicar su mensaje de paz y amor los únicos que, a fecha de hoy, todavía encuentran grandes resistencias para su persecución y castigo. ¿Qué teme la Iglesia Católica? Parece que a su propio Dios, no. De ser así, habría sido la primera en perseguir estas conductas, expulsando de su seno a los autores y poniéndolos a disposición de los tribunales. Al contrario, ha tratado de impedir por todos los medios la acción de la, dicho sea de paso, poco o nada entusiasta justicia.

Me cuesta creer que exista algún ser humano que no se estremezca, al que no se le desgarre el corazón al pensar en el terror que tuvieron que experimentar todos esos niños  cuando hombres hechos y derechos, hombres en los que deberían poder confiar, se introducían en sus camas. Cuando eran llamados a sus despachos y sabían lo que allí iba a ocurrir porque no eran ni los únicos ni los primeros. Cuando esas manos que debían consolar y reconfortar se convertían en instrumentos diabólicos al servicio de mentes enfermas. Cuando sabían que no podían luchar. Cuando sabían que no podían huir. Cuando todavía no sabían que les estaban destrozando la vida. ¿Qué teme la Iglesia Católica?

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