Próxima estación

Próxima estación
Literatura y otros demonios
Próxima estación

Abrí los ojos completamente desorientado y miré a mí alrededor sin comprender nada. Una mujer lloraba a mi lado, mientras algunos hombres miraban con gesto expectante. No sé lo que es el tiempo, pero por alguna razón sí lo sé. Parece detenido en una especie de nada intrascendente y vacua, en un incesante vaivén de seres a mi alrededor. Hay luz, pero no veo nada. Los seres que me rodean se empeñan en ayudarme en todo, como si yo hubiese pedido algo. Durante gran parte de ese tiempo, de traicionada naturaleza incognoscible, sigo sin comprender nada. Solo me dejo hacer como si aquello no fuera conmigo, que es exactamente lo que trato de pensar.

En un momento indeterminado de mi desasosiego, algo me sorprende y me rescata de la absurda rutina carcelaria en la que me encuentro sumido. Parece un tren. Al menos me parece que se mueve como tal. Como si algo se conectara de repente en mi cerebro por primera vez desde el absurdo sin principio en el que me encuentro sumido, creo comprender. La foto fija en la que me encuentro atrapado se transforma en una especie de película. Sucesión infinita de formas y paisajes deformados por la velocidad. Cuando el absurdo transcurre deprisa parece menos absurdo. O no. Tal vez solo sea que a mayor velocidad, parezco menos idiota

Al menos algo sí ha cambiado independientemente de la velocidad. La gente que me rodea parece haber perdido el interés en mí. Ya no me agobian y comienzo a sentir algo que identifico como libertad. También esto es extraño. No me puedo alejar demasiado porque no sé exactamente donde estoy ni sus límites, temo transformar en palabras mis pensamientos y cada vez que intento encontrar a alguien con quien compartir mis inquietudes, me mira como si estuviese loco antes, incluso, de comenzar. Al menos he logrado aventurarme un poco más allá de las cuatro paredes que me rodean habitualmente.

Un día, al regreso de una de mis pequeñas aventuras más allá de lo que yo había venido a denominar mi pequeño universo, vi un libro en un asiento vacío. Había divido en bloques los diferentes habitáculos que, separados por puertas hidráulicas, conformaban el gran universo, aunque confieso que nunca llegué hasta el final. Aquella mañana todavía me quedaba un trecho hasta regresar al mío. Era la tercera o la cuarta vez que lo veía olvidado y solo, de modo que le asigné la categoría de perdido o abandonado y me lo llevé. Nunca había sentido interés alguno por el tema, es más, jamás había pensado en ello hasta entonces, pero mi aburrimiento empezaba a ser tal que no me lo pensé. Cuando llegué a mi asiento lo abrí y comencé a leer: El libro tibetano de la vida y de la muerte.

No recuerdo gran cosa, la verdad. Creo que caí en un profundo sueño al poco de comenzar su lectura. Lo que sí recuerdo es que cuando desperté el libro había desaparecido y mis hasta entonces indiferentes compañeros de viaje me miraban distinto, entre el enfado y la desconfianza. Por fortuna, también había aprendido a ignorarlos. Todo siguió igual durante un tiempo, como todo lo demás, indeterminado. Hasta que comencé a echar en falta a algunas de las personas que me habían acompañado desde aquel primer día en que abrí los ojos sin comprender nada. No es que me gustasen especialmente, a pesar de que entre ellos sí parecía haber algo parecido al afecto. Cuando me atreví, pregunté por los desaparecidos. «Han llegado a su destino», me respondieron con desdén.

«¿Destino?», no quise preguntar de nuevo. Tenía la sensación de que para aquella gente, yo tenía que tener claras las mismas cosas que ellos y no quería parecer más idiota todavía. Regresé a mi asiento y me senté a contemplar el paisaje por la ventana. Mi cerebro seguía haciendo conexiones. Tal vez sí era idiota, o lo había sido, o quizás estaba en rehabilitación como, los drogadictos o los alcohólicos. Me veo a mí mismo levantándome del asiento y diciendo: «hola, me llamo, (¿cómo me llamo?), y soy idiota». Me hace gracia la ocurrencia.

Creo que estoy en un tren al que no sé cómo he llegado, pero al que sí estoy seguro de no haber elegido subir (¿estoy seguro?), con una gente a la que no conocía de nada al llegar y que el tiempo y la obligada convivencia han conseguido que no odie por completo y que me toman por idiota porque no me comporto como ellos. Parece como si una vez que crees comprenderlo todo, siempre hubiese estado tan claro. La hipótesis de que soy idiota va cobrando cuerpo. Callejón sin salida, contenedor a rebosar y ratas alrededor. ¿Dónde están los gatos cuando se les necesita? Seguramente al calor mullido de algún hogar con vocación burguesa.

A veces nos desplazamos a una velocidad tan insignificante que cuesta creer que nos movemos. En ocasiones, tan deprisa que apenas groseros brochazos dibujan la campiña. Hace mucho que ya no me sorprende que personas que me han acompañado desde el principio desaparezcan sin despedirse y sean reemplazadas por otras, unas tan perplejas como yo al principio, otras, adaptadas con pasmosa naturalidad. En los otros bloques, también ocurre. No sé de dónde vengo ni adonde voy, pero ya soy consciente de que cada vez que reducimos la velocidad, casi hasta detenernos, ocurre. Unos entran, otros van saliendo. Cómo me suena esta frase. Repetición repetida convertida en rutina y esta en aburrimiento.

He de reconocer que, en ocasiones, cuando el hastío y la desgana se apoderan de mí, pienso en cómo sería bajarme en marcha. He llegado incluso a idear un plan. En mi mente, cada vez más saturada, un plan de fuga. Nada de lo que me rodea parece excesivamente fuerte ni robusto. Puertas y ventanas dan a entender que no resistirían el embate de una buena patada, dos a lo sumo. Si lo hiciera cuando nos desplazamos a máxima velocidad, ¿quién podría detenerme? ¿Por qué no abandonar por mi voluntad un lugar en el que no elegí estar? Lo di por bueno y decidí esperar el momento idóneo.

Cuando ya estaba dispuesto a ponerlo en práctica, la única persona que llevaba allí desde que llegué, se acercó hasta mí con discreción. En algunos momentos le había dado por desaparecido, pero siempre acababa por regresar. En ese momento comprendí por qué. De manera apenas audible susurró junto a mi oído: «ha llegado a su destino». Habíamos reducido la velocidad hasta casi detenernos. Miré a mi alrededor ante la indiferencia de todos, como si buscara algo, cuando recordé que no tenía nada. Me encogí de hombros ante el hombre que, con un golpecito en el brazo, me invitaba a seguirle.

Intento dar el primer paso tras él, pero cuando levanto la cabeza estoy en un andén vacío y desolado. Hace mucho frío y me siento como el día en que abrí los ojos al lado de la mujer llorosa y los hombres expectantes. Nunca antes me había preguntado el motivo de sus lágrimas. ¿Alegría por la llegada o desdicha? En mi tiempo allí llegué a averiguar que ambas son motivo de llanto. Las lágrimas son iguales, saben igual y huelen a lo mismo. ¿Cómo distinguirlas? Me alejo del andén hacia las luces que al fondo de aquella nada me atraen como a un insecto.

Parece una cafetería, pero algo me dice que no lo es. No lo puedo explicar. Como si nada, pido un café y me siento en una de las escasas mesas libres. Casi todas están ocupadas por personas que leen afanosas un diario. Pasan páginas de manera compulsiva, se detienen en una, se levantan y se van. Yo no tengo diario. En la mesa de al lado, una mujer joven se levanta y me sonríe con dulzura. Nunca antes me había sonreído alguien así. Se acerca y deja su diario en mi mesa mientras de sus labios rojos sale un cálido «bienvenido». No comprendo nada. Le devuelvo la sonrisa, la mejor de un catálogo ajado por el tiempo y el desuso. La sigo con la mirada hasta que la pierdo en la frontera entre la puerta y la nada.

Tengo el diario en las manos y dudo qué hacer. Lo dejo sobre mi mesa y lo miro como si esperase que me hablara. Lo abro. Comienzo a pasar páginas si saber por qué. Si no fuera un disparate diría que alguien que no soy yo lo hace por mí. Sigo pasando páginas hasta llegar a un nombre que no conozco, pero sé que es el mío. Qué absurdo. Pienso que siempre he debido de ser idiota. Debajo de mi nombre que no es, dos fechas y otro montón de nombres. Estos simplemente no me dicen nada. No me dicen «eres tú», «soy tu padre, tu madre o tu hermano». ¿Y ahora qué? Salgo de lo que sea aquel sitio. Hace mucho frío. Miro perplejo a mí alrededor y no doy crédito a lo que ven mis ojos. El andén ha desaparecido, las vías han desaparecido. ¿Han existido alguna vez? Me giro para regresar de nuevo a la cafetería y a mi espalda se abre un vacío tan negro como el que me abraza por delante. Busco un rincón que no existe y me acurruco para tratar de retener el poco calor que conserva mi cuerpo. Algo golpea con suavidad en mi hombro. Levanto la cabeza y la veo. Es ella. La mujer de la dulce sonrisa me hace un gesto, quiere que la siga. Ahora me da miedo. Su sonrisa, su belleza y el rojo de sus labios en mitad del vacío, desolado páramo, me confunden. Decido levantarme y seguirla. Me toma de la mano, está caliente y caminamos, caminamos, caminamos…

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